martes, 11 de octubre de 2011

Ateo. Una decisión difícil.




Realmente pensar en banalidades llena mis días, llena mis estadios placenteros en el bus, pero ante todo, aunque muchos me tilden de efímero, es una práctica diaria que la debo a ya no tener Blackberry para escuchar música y solo me deleito viendo uno que otro seno mal acomodado en el escote de alguna mujer desprevenida. Soy una persona totalmente banal, y con ciertas ínfulas de reportero casual.
Con el pasar de los años y gracias a mis tendencias de ateo, he vivido para encontrar las anomalías al paradigma de la existencia de un dios en la tierra o donde quiera que este more. Confieso que no es un planteamiento fácil de asumir, es una bravata que sugiere un gran temor de encontrarse a la vuelta de algunos años, después de vivir con la hesitación de la existencia de dios; con un sin número de argumentos que no pueden rebatir los fundamentos de quienes si creen en lo divino. Tales argumentos, solo son validos para mí, para nosotros los ateos, pero para los creyentes  no, y lo que siempre objetan es que debe existir por lo menos alguien provisto de deidad en este planeta o en este universo.

Ser ateo no es una decisión que se toma a la ligera, es quizás, unos de los mayores dilemas que puede vivir un ser humano, por cuanto se llega a dudar hasta de su más pura esencia, es quizás, el vivir un periquete de lucidez, y ser un inmolado de la honestidad intelectual, también brutal, porque se debe llevar consigo toda la vida. Es una decisión que te libera de la carga senil, de la pugna entre hacer algo o no, sin temor a que quien mira para abajo frunza el ceño cuando intentas fornicar con tu novia, comer en exceso y no hacer mas nada que dormir en todo el fin de semana, Lujuria, Gula y Pereza, pecados capitales enunciados respectivamente; pero, te marca con una “A” de ateo, que debes defender con algo más que argumentos razonables; ante los dedos de los creyentes que advierten que una persona –brutos e ignorantes también nos llaman–,  no cree como ellos en el ser supremo que para nosotros es inexistente.

Vivir en una duda constante, para algunos, dependiendo de su grado escepticismo o de convencimiento en la razón que los impulsó a dejar de ser creyentes; dejar de ser uno del montón y pasar al lado de quienes creemos “tenemos la razón”. Es quizás tan duro como complejo,  enfrentar la duda recurrente. Lo comento con tal significación, porque aunque los ateos “crean” –pese a lo contradictorio–  que dios no existe, eso no nos da la última palabra, si es que hay palabras que decir al respecto o si alguien está dispuesto a escucharlas, por lo general no. Sin embargo escuchamos y dejamos hablar y pensar. Entendemos que aunque no creemos en deidad alguna, el respeto que guardamos, el silencio  es tal, que vivimos la incredulidad sin que nuestro muro en Facebook se percate de nuestras inclinaciones teológicas. Realidad distinta de los creyentes que diariamente dicen amar a dios y le hacen el mal al prójimo, olvidando la recurrente frase “amaos los unos a los otros” que es una de las banderas de la religión, de la católica en particular.

Surge un matiz de diferenciación radical, basado en el entendimiento, posiblemente en la madurez intelectual; en mi opinión, los ateos asimilan con tranquilidad la idea que muchas personas vivan y crean la religión sin especificar en alguna en particular, pero, a los creyentes pareciera que le pisaran los pies cuando escuchan de alguien decir que categóricamente no cree en dios –¡No digas eso!, que no sabes lo mucho que dios te ama– . Difiero de tal expresión, pero bajo el juicio que da el respeto simplemente es pérfido liarse en una discusión contra alguien, que sencillamente su mente no es capaz de inferir que muy posiblemente “el que dios no exista” es también una verdad de la cual podría también ser testigo. Aun mas, que las obras de dios, de las que tanto hablan los creyentes bien podrían ser obras producto de las coincidencias y no obras en el marco de la divinidad; son y solo existen en la mente  de quien siente que dios es probo de cualquier juicio y también su concebida religión.

Como cualquier humano, como cualquier individuo puedo optar o no acotar, por religión alguna o por simplemente ser ateo. Es tan respetable como posición cualquiera, ante opciones manifiestas de vida y credo. El hombre se pasa todo el tiempo exigiendo respeto de los demás y puede llegar a  ser tan ignorante, que la miopía intelectual  de muchos creyentes vela y obliga a ver, solo lo que según su  convicción, –que muchas veces es equivocada–, quiere ver y no se atreven a disentir solo porque así han sido las cosas siempre. Porque así lo recibieron por herencia.  En otras palabras, el respeto hacia la elección de credo o definirse sin crédito alguno, es y debería ser tan respetable o más, que el derecho a la elección de la sexualidad, que el derecho al voto, o derecho a ser colectivo de quienes piensan que no existe  dios alguno entre nosotros. Sin señalamientos, sin conjeturas, sin discriminaciones, sin ningún ápice de subjetivismo, ser vistos como personas pensantes, no creyentes. Ser ateo es una decisión de honestidad propia. No malinterprete lo leído, los ateos no son más inteligentes que los que los creyentes, solo que nuestra duda nos forzó a entender que el paradigma de la existencia de dios tiene tantas anomalías que los “milagros” no pueden explicar, por ende, con la caída de este paradigma, para nosotros ha de existir uno mas cómodo que va con la filosofía de los ateos. –dios no existe hasta que se demuestre lo contrario–

El respeto es la base de la edificación de la sociedad, por tal motivo, si usted creyente, no es capaz de ir a cultos de otras religiones cuando lo inviten, ¿Por qué  intenta que otros vayan al suyo?  y lo que es peor, piensa que quien no cree en dios está equivocado. Antes de eso pregúntese, ¿si dios no existe, entonces seré yo el equivocado?

Mi Word es tan terco que me quiere privar de mi intención de escribir “dios” con minúscula.

Reacciones:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario aqui: